Cuando voy a Maracaibo: busco la vieja mata de semeruco en casa de mis abuelos. Algunas veces la encuentro llena de frutitas semimaduras, su sabor ácido me transporta a aquellos días en que acompañada de mis hermanos y primos, tratábamos de alcanzar el delicioso fruto entre sus altas ramas y nos valíamos de un taburete, de la espalda del compañero, de la “pata de gallina” y más de una vez el esfuerzo vino acompañado de “raspones” en las rodillas, pero lográbamos nuestro objetivo y el dolor se olvidaba pronto.
Otras veces, encuentro las frutas muy maduras y jugosas, con un sabor dulzón y al saborearlas recuerdo los besos y abrazos de mis abuelitos, los mediecitos que Mamá Lola guardaba en una alcancía de cristal y que me daba cuando pasaba por ahí el “polero”, los pastelitos que me compraba abuela Amparo, las carreritas que en el “por puesto” hacía con mi Abuelo Alfonso cuando me buscaba al salir de su trabajo en la Cámara de Comercio de Maracaibo y los caramelos que Papá Héctor me regalaba de su “tiendita” cuando almorzaba completo.
Cuando consigo la mata sin frutas, me deleitan sus pequeñas florecitas y me siento a esperar y a contemplar, vienen entonces a mi los sueños, las esperanzas y los anhelos infantiles aun no realizados, entre ellos la promesa no cumplida de tener un semeruco en Caracas, en mi casa, aunque nunca será el mismo semeruco viejo y paciente de la casa de mis abuelos en Maracaibo.
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