lunes, 4 de abril de 2022

VERDE ESPERANZA. Escrito el 17 de noviembre del 2008.

 
Siempre me atrajo de una manera especial el verdor de las montañas, su majestuosidad, la frescura de su vegetación y lo romántico de sus parajes; en este verano se cumplen 25 años de haber subido a un monte de gran significado para mi: el Monte de Ancos. Hoy en mis vacaciones, subiendo el Cerro El Ávila en Caracas, lo recuerdo como lo hago cada verano y cada día de mi vida.
El camino para subir es un poco tortuoso, especialmente al tener 42 años, donde la agilidad de los 17 se ha perdido un poco nomás, pero al ir descubriendo tantos detalles bonitos, la cuesta se va haciendo más llevadera.
En el Ávila, como en el Monte de Ancos, voy encontrando una flora muy variada: los pétalos de las flores con sus brillantes colores se van abriendo a mi paso, aquí son margaritas, amarantas, cayenas, allá fueron melisas, fentos y toxos que me sorprendían.
Sigo ascendiendo entre ese verdor tan especial, el clima se torna cada vez más fresco, lo cual contrarresta el sudor propio del esfuerzo por subir, al igual que otrora en Galicia, me acompañan las risas, las bromas, los atajos, las sorpresas: un pequeño riachuelo, un terreno húmedo que me hace resbalar, una rama imprudente que se atraviesa y me impide pasar, todos los obstáculos los voy venciendo y sigo ascendiendo.
Hay un sueño que alcanzar, llegar a la cima, la ilusión de obtener en ella el primer beso de amor.....
Hay un espacio muy tupido de vegetación que oscurece el paisaje y pareciera que hubiese anochecido, hago silencio para escuchar los pájaros, diferentes trinos recrean el oído, parecen cantarme un concierto privado solo para mi deleite: aquí en el Ávila, a las puertas de la madurez, con mis amigos, con mis hijos, me cantan al renacer de la vida, allá en Galicia, en el umbral de la adolescencia, con mis amigos, primos y él, cantaban al descubrir del primer amor....
Por fin llego a la cima, en Galicia el Monte es más bajo, por eso en aquel entonces llegué antes (o era que tenía 17?), aquí a casi cuatro horas de camino, extenuada pero feliz me detuve a contemplar el sendero andado: de un lado está La Guaira, con su mar inmenso, azul que desde arriba se confunde con el cielo, del otro lado el Valle de Caracas, con sus enormes edificios, sus autopistas, desde aquí pareciera todo en orden dentro del gran caos de la ciudad metrópoli, en el Centro yo, pensando en sus ojos, en su aroma a playa de Valdoviño, en la frescura de sus ideas y pensamientos como el verde del Monte de Ancos, hermoso e imponente pero desde aquí ya imposible de llegar a él de nuevo.
Se emprende el regreso, el desandar el camino andado, allá en Galicia quedó para siempre ese primer amor, aquí en Caracas, cada verano el recuerdo de su verde esperanza.
Con mucho cariño y amor a ese galeguiño que adoro y que está en un lugar de Galicia.




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